El fraude fiscal como beneficio social. Una paradoja

Cuando se habla de reducir el fraude fiscal, la imaginación nos lleva a sacarle dinero a malvados empresarios que acumulan riquezas en un sótano. Lo que el concepto significa en realidad es sacarle dinero a la sociedad para que lo gaste el Estado.

Está muy bien, nadie lo duda, porque de eso va nuestro contrato social: pagar cada cual lo que la ley le estipula para generar así recursos con que sufragar los gastos que la sociedad requiere.

Sin embargo, cuando se habla de atajar el fraude fiscal como modo para aumentar la recaudación, nos olvidamos de una faceta: las actividades que, sin fraude, no podrían funcionar, porque no serían competitivas, no permitirían vivir as quienes las realizan o simplemente serían inabordables.

Y dentro de estas actividades hay muchos tipos como para caer en el simplismo de decir: “si no pueden hacerse dentro de la ley, que no se hagan”.

El fraude fiscal es a menudo competencia desleal para que el que está pagando sus impuestos, pero llegados al punto en el que estamos de la globalización, resulta que con quien algunos compiten deslealmente es con las empresas deslocalizadas en Asia, con las grandes multinacionales que crean monopolios de distribución y, en general, contra los que han aprovechado las leyes para arrinconar al pequeño, haciéndose con un trozo mayor del pastel.

No es lo mismo el fraude fiscal del dentista que no declara parte de los trabajos que hace que el del agricultor que autoconsume lo que produce sin declararlo como ingreso en especie. No es lo mismo tener diez gallinas en casa, o seis colmenas, y vender tu producto, que llevarte la pasta a un paraíso fiscal. No es igual lo que hace un taller de carpintería metálica, eludiendo el IVA de sus ventanas, que la ingeniería financiera de Apple o Amazon.

Cuando afirmamos que reduciendo el fraude fiscal se ingresaría mucho más, seguramente tenemos razón, pero no tanto como se piensa, ni tampoco donde se piensa. En primer lugar, el dinero que defraudan los pequeños (y no es la parte menor, porque son muchos) vuelve a la sociedad en forma de demanda, de empleo, de mayor consumo, y todo esto paga a su vez impuestos. Desparecido el fraude, desaparecerían también estos impuesto recaudados y nos preguntaríamos dónde han ido. En segundo lugar, la reducción del fraude por esa vía afectaría mucho más a los que no tienen modo de escapar llevando su fábrica a otro lado (o comprando una ley favorable) que a los que compran abogados y voluntades con sus grupos de presión.

Es duro, pero sin fraude, mucha gente no podría hacer esas horitas de más a la salida del trabajo, los jóvenes no podrían dar esas clases particulares que les  permiten seguir estudiando, los labradores no podrían poner esas lechugas que ponen en el huerto para vender a sus vecinos y muchos padres no podrían tener un canguro para que atienda los niños la noche, la única noche que salen a cenar fuera en todo el mes. Y el hecho es que la recaudación que sacaríamos de ellos seguramente no compense la que perderíamos al pagarles una ayuda, al restar los impuestos que sí pagan los que les atienden, o al compensar los impuestos que sí paga su entorno.

Porque todos en nuestras cabezas distinguimos entre economía informal y fraude, pero las estadísticas no: y cuando dicen que nuestro fraude fiscal es hoy del 18%, lo cuentan todo: lo del gran banco, lo de las horas que un chaval hace un sábado, lo de las SICAV, y lo de las lechugas que planta el jubilado.

Y no es lo mismo.

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El impuesto contra listillos. Una propuesta

Como bien sabéis, al Gobierno le gusta inventar impuestos sobre cualquier cosa que se mueva, esté atornillada al suelo, respire, haga la fotosíntesis o simplemente sufra los efectos de la gravedad. Sin embargo, hay un impuesto, tasa en este caso, en el que no han pensado todavía y es una pena.

Permitidme que añada veneno a la serpiente.

¿Qué tal funcionaría una tasa por la que se cobrasen 25€ cada vez que alguien da de baja a un trabajador en la Seguridad Social?

El mecanismo es simple:

Si das de alta a un trabajador, haces el trámite y no pagas nada.

Al darlo de baja, pagas una tasa de tramitación de 25€

Si lo das de baja una vez al año, o una vez cada diez años, es una tasa ridícula y no causa impacto ambiental. Pero seguro que esta tasa les encantaría a toda esos cabrones desaprensivos que firman contratos por dos horas, por cinco horas, por dos días y una hora, o que dan de alta el lunes para dar de baja al trabajador los viernes por la tarde. Les encantaría de veras.

Y ya veis: conseguimos recaudar un poquito para las arcas públicas y luchar contra los contratos basura. De un golpe.

¿Quién lo apoya?

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El curioso caso del moroso por poderes

En este nuevo mundo que nos ha tocado vivir aparecen de vez en cuando historias que nos obligan a reflexionar sobre el papel de lo que somos, lo que simulamos ser, la gente con la que nos relacionamos y la verdadera importancia de nuestra privacidad.

La historia, que posiblemente circule pro ahí, aunque a mí me la contaron personalmente, es la siguiente:

Un pequeño empresario norteamericano pidió un préstamo de unos cien mil dólares para ampliar un taller de reparación de motocicletas. El negocio le iba bien, los ingresos demostrables eran buenos y su solvencia era inmejorable, pero una entidad financiera tras otra rechazaban su solicitud cuando a otros empresarios en peor situación que la suya le concedían el dinero sin problemas ¿Qué diablos estaba pasando?

Entonces, ya bastante más que un poco mosqueado, pidió el dinero a una de esas empresas en las que el tipo de interés es un poco más elevado pero tienen menos miramientos, y recibió una carta en la que se le decía que se rechazaba su solicitud porque al menos ocho de sus amigos de Facebook eran morosos, y que si en su ámbito social era aceptable no pagar las deudas, eso lo convertía en una persona de riesgo.

¿Y quienes eran aquellos amigos? Moteros en general, clientes de su taller, amigos de la infancia, gente que había pasado por la crisis industrial de Minnesota…

Fue inútil explicar nada. Su perfil de Facebook era público, y las financieras privadas prestan el dinero si quieren, y si no, no lo prestan. Además, las circunstancias sociales del solicitante se han tenido en cuenta desde siempre para calificar su perfil, y no había nada de raro en que, en los nuevos tiempos, ese entorno social incluyese a los amigos de Facebook.

No hubo ampliación de taller.

Tenedlo en cuenta y pensad si de veras necesitáis ese perfil, lleno de gente a la que añadimos porque sí y de la que en realidad no sabemos casi nada.

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Por qué se imprime dinero a espuertas y sin embargo no hay inflación

Algo está yendo mal...

Algo está yendo mal…

El concepto es bastante obtuso, pero creo que merece la pena hablar de él.

El caso es que el Banco Central Europeo, además de la FED y otros bancos emisores, llevan meses imprimiendo dinero a mansalva, como si no hubiera mañana. Y el caso es que, al mismo tiempo, no se ha producido el temido repunte de la inflación, que sería normal cuando se introduce semejante cantidad de dinero en el sistema.

¿Qué puñetas está pasando? ¿Por qué la introducción de dinero no genera inflación?

La respuesta, a mi juicio, está en el empobrecimiento general.

A lo largo de los años, los países desarrollados han ido acumulando riqueza. Es indiscutible que, tanto los pobres como los ricos, disponen ahora de más cosas y viven mejor que hace cincuenta años. Podemos entrar a discutir la distribución de esa riqueza, pero las casas son mejores, los coches son mejores, la sanidad es mejor, etc. se ha producido una acumulación de riqueza.

Como las divisas actuales basan su valor en la riqueza de los países que las emiten, el hecho de que las sociedades se vayan empobreciendo permite introducir nueva moneda, en forma de deuda, sin que la circulación monetaria genere inflación. O sea, que se trata de sustituir con dinero artificial la riqueza que se consume en el mundo real, haciendo la jugada de las habichuelas que entran (ficticias) por las que salen (reales), de modo que el sistema monetario permanezca aparentemente estable mientras consume, vía empobrecimiento, la riqueza acumulada en décadas y generaciones pasadas.

La demanda que debería ser estimulada pro al impresión o creación de dinero, compensa la demanda que se destruye pro la depresión de los salarios y el empobrecimiento de la población.

Por eso se trata de un proceso lento y constante y, añado como hipótesis, sirve también para saber el ritmo al que nos empobrecemos, pues es perfectamente previsible que hayan calculado el ritmo de entrada de dinero teniendo en cuenta el ritmo de destrucción de riqueza real.

En estos momentos, en Europa, hablamos de 80.000 millones de euros al mes.

No es moco de pavo.

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El asedio al dinero en efectivo

La verdadera Dama de Hierro.

La verdadera Dama de Hierro.

Era de esperar: después de que la cantidad máxima que legalmente se podía pagar en efectivo bajase a los 3000€ , ahora la han vuelto a reducir hasta los 1000€. El pretexto es el de siempre: luchar contra el fraude fiscal, blanqueo de capitales y la financiación del terrorismo.

Lo que pasa es que algunos, muchos, no nos creemos ni una palabra y hasta dudamos de la legalidad de esta medida.

En primer lugar, el dinero es un medio legítimo de pago, y hacer que los primeros veinte billetes de 50 € sean legales, para convertirse en ilegales cuando  se les añade un billete más es algo dudoso. ¿Emite ese dinero la autoridad competente? Si. ¿Se supone que es válido para pagos públicos y privados? Si. ¿Y cómo es que pierde esa validez por encima de una cierta cifra? Difícil de explicar.

La respuesta más graciosa que me dieron a este razonamiento es que el dinero es como el humo, que viene a ser legal por debajo de un límite, y pasa a ser ilegal cuando lo supera. Bien, maravilloso: la naturaleza del dinero es su toxicidad y su presencia contamina. ¿Quién iba a pensarlo?

Fuera de estas bromas, porque como bromas las tomo, lo cierto es que, a mi entender, detrás de la prohibición del uso del dinero en efectivo hay otras razones mucho más inquietantes.

En primer lugar,  obligarnos a todos a tener cuenta bancaria, pagar las comisiones correspondientes por el mantenimiento, pagar las comisiones de las tarjetas, pagar las comisiones de las transferencias y pagar las comisiones de los cheques. ¿O no les parece raro que los bancos hayan cayado como meretrices ante el anuncio de la medida? Callan porque hacen caja, y mucha, convirtiéndonos a todos en clientes cautivos, sujetos pro la correa de la transferencia y el papelito.

En segundo lugar, con el actual manejo d ela información, saber cuánto gastamos, en qué, a qué hora y dónde, ofrece un cuadro completo de lo que somos, nuestros intereses, nuestras aficiones y todas y cada una de las facetas de nuestra vida. ¿Saben cuánto pueden pagar las grandes multinacionales pro esa información? ¿Saben lo que el puede interesar a cualquier Gobierno o a cualquiera que quiera saberlo todo de nuestra intimidad?

El fin del dinero en efectivo es el fin de la libertad. Si la propiedad privada es la mitad de la ley, como dicen los anglosajones, la privacidad es la mitad de la libertad. Y entre Google y estos campeones de la opresión, nos están dando bien por saco.

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Lo de la desigualdad suena bonito…Pero es engañoso

thumb-tani-coin-stacking-14Cada vez con más frecuencia veo artículos y reportajes hablando de la desigualdad. En principio, no tengo nada que oponer a que al justicia social de un país se mida por la igualdad o desigualdad en el reparto de la riqueza, pero creo que los periódicos, los medios en general, también caen en esta ocasión en su ya imparable deriva amarillista, buscando más la lágrima fácil o la reacción visceral, que un verdadero raciocinio.

Desde mi punto de vista, medir la desigualdad de la riqueza, en vez de medir la desigualdad de la renta, no es aportar nada constructivo ni intentar mejorar la situación.

Cuando decimos que el 1% de la población tiene tanto como el 40 % más pobre, suena muy cipotudo, muy injusto y muy sangrante, peor no aportamos gran cosa al debate de los salarios, las rentas y los servicios sociales.

Y me explico:

A día de hoy, Amancio Ortega, el de Zara, tiene tanta riqueza como ocho millones de españoles juntos. Ok. Pero si mañana hubiese un crack en la bolsa, o una crisis mundial, y Amancio Ortega perdiese en una semana dos terceras partes de su patrimonio, ¿Sería España un país más justo? Puede que para los miserables u los envidiosos sí, pero para los demás, los que queremos vivir un poco mejor y que los más humildes no pasen estrecheces, la respuesta es no. Amancio Ortega seguiría teniendo más de lo que puede gastar en tres vidas, y los españoles más humildes, seguirían igual de jodidos o más que antes, pro mucho que mejorasen las puñeteras estadísticas de desigualdad.

La desigualdad tiene que medir las rentas y las oportunidades y ahí sí sirve para algo. A no ser, claro está, que toda esa prensa supuestamente solidaria que publica estos datos tenga como objetivo final otra cosa, menos confesable, como incitar al expoliola colectivización o similares.

Pues si es así, que lo digan, y que dejen de duisfrazarse de corderos.

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¿Qué es peor? ¿No pagar tus impuestos o comprar un Iphone?

La verdadera Dama de Hierro.

El lugar donde preferimos encerrarnos

Si en algo hemos avanzado en los últimos años es en la percepción social del fraude fiscal. Afortunadamente, cada vez son menos los que piensan que el que escaquea sus impuestos es un genio y un campeón, y, al menos en público, ha cundido la idea de que los impuestos que unos no pagan se convierten en servicios que otros no reciben.

El problema, de todos modos, persiste a nivel indirecto, porque aunque sabemos que hay empresas que no pagan sus impuestos, que operan dese paraísos fiscales, que operan mediante compañías interpuestas para sacar el dinero de nuestros países sin abonar los correspondientes tributos, eso se sigue considerando algo aceptable.

¿Es razonable exigir a nuestros gobernantes que luchen contra las multinacionales o contra los paraísos fiscales mientras nosotros seguimos consumiendo, masivamente, productos que se benefician de esta ingeniería financiera para no pagar impuestos? ¿Qués es lo que somos en realidad? ¿Hipócritas o idiotas?

Cuando no pagamos nuestros impuestos, estamos restando dinero a las arcas públicas, y cuando compramos un producto que SABEMOS que no los paga estamos haciendo lo mismo, y fomentando esa conducta, igual que cuando compramos un producto robado estamos fomentando que se sigan asaltando chalés.

Si Apple o Amazon, por ejemplo, utilizan paraísos fiscales para enjuagar artificialmente  sus cuentas, o decirnos que ganan mil euros al año, y nosotros somos sus clientes, no somos mejores que cuando pedimos una factura sin IVA al fontanero o no declaramos las clases particulares que dimos a la hija del vecino.

Podemos ir de dignos, de morales, de éticos, o de lagarteranas: colaborar con un fraude conocido nos convierte en cómplices, quizás no ante la ley, pero sí ante la sociedad y ante ese vecino que nos escucha hablar de cuentas claras mientras exhibimos la manzanita de nuestro último dispositivo.

Dejar de pagar tus impuestos es restar dinero a las arcas de todos. Y comprar productos a empresas que no los pagan, lo mismo. Es igual. No hay diferencia real entre el que esconde sus ingresos y el que tiene un aparato a sabiendas de que su fabricante defrauda. La difenecia sólo es aparente, una diferencia para cortos de vista que, además, se convierte en distinción de clase…

¿Cómo vamos a mejorar así?

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