Las fechas son ideales para contar esta anécdota. No se trata de mucho dinero, o no al menos de las cantiades de las que hablamos en los últimos artículos, pero para meter un mordisco de veinte o veinticinco mil euros sí que sirvió.  Es tan ingenioso que creo que os va llamar la atención.

No se trata de un fraude que se repita constantemente, por supuesto, sino más bien de una anécdota fiscal que tuve ocasión de conocer hace unos años y que cuando se repite , porque se repite la jugada de cuando en vez, se hace con fruta o mercancías por el estilo.

En una ciudad del sur, creo recordar que Sevilla, un almacenista de pescado sufrió un accidente y fue hospitalizado. Además del problema de salud del pobre hombre, resultó que tenía en las cámaras del almacén casi cuarenta mil euros en marisco, y por unas razones o por otras, relacionadas con buscar a alguien que llevase el negocio en su lugar,  no le pudo dar salida antes de las navidades, con lo que después, cuando la cosa se puso un poco en orden, ya no encontró manera de comercializarlo. ¿A quién le vendes ese marisco en plena cuesta de enero cuando han acabado las fiestas?

El caso es que al final saldó lo que pudo y el resto se le estropeó, porque las desgracias nunca vienen solas. O a lo mejor porque el seguro, de alguna manera, le pagaba más si el pescado se le estropeaba que si lo ponía tirado de precio en las estanterías. En estos casos ya sabéis que se comentan muchas cosas y nunca supe si el desaguisado fue casual o provocado.

Y aquí fue donde intervino la picaresca.

El dueño del pescado lo había comprado en cuarenta mil euros, había vendido quince mil a saldo y había cobrado otros quince mnil euros de indemnización, fuera del modo que fuese, por el marisco estropeado. Total, que declaró diez mil euros de pérdidas, más otros tres mil euros que le costaba deshacerse de la mercancía estropeada. Agujero total, trece mil euros.

Y mira por dónde que paparece entonces un colega, de otro almacén, y le dice que se lo lleva gratis al basurero y además le da dos mil euros por la mercancía, a ver si él puede salvar algo para colárselo a vete saber quién. Nuestro empresario, aún en el hospital, acepta encantado: un agujero de trece mil acaba de convertirse en uno de ocho mil.

¿Y qué creéis que hizo el otro? Llamar a Sanidad para que le certificasen que el marisco estaba estropeado, como de hecho hicieron. Conclusión: este segundo pescadero, gran vivales, había vendido  todo su marisco al detalle, pieza a pieza a las amas de casa, y ahora tenía un certificado que presentar a Hacienda para decir que había perdido quince o veinte mil euros en existencias estropeadas. No sólo no declaraba lo que había ganado con el marisco que efectivamente había vendido, sino que declaraba pérdidas. Gran estacazo.

Como sé que es complicado, lo resumo:

El pescadero segundo, el que compró el marisco podrido, tenía facturas, por ejemplo, por haber comprado quinientos kilos de langostinos. Los había comprado y no los tenía, así que era obvio que los había vendido y no podía escaquear el beneficio. Al hacerse con el cargamento en mal estado, le cuadraba el asunto: había comporado 500 kilos de langostinos, había vendido sólo 200 y ahí estaban, con certificado de sanidad, 300 kilos estropeados. Declaraba beneficios sólo por 200 y además metía 300 kilos en pérdidas. Jugada redonda.

Otro día os cuento lo de las manzanas podridas, que es la misma idea, pero yendo por los pueblos a comprar lo que ni los cerdos se comerían. Es de traca.

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