Cubierto pero a la intemperie

Lo normal es que la gente se busque la vida para declarar gastos, o se los invente incluso, y Hacienda tiene que estar al tanto de que los “espabilados” no le metan facturas personales como gastos de la empresa.

El éxito en esa tarea es variopinto, como todos sabemos, y quien intenta defraudar cuela una serpiente de coral como elemento decorativo mientras el pequeño empresario se encuentra, a menudo, con que no se le admite como gasto el teléfono de empresa, las comidas fuera y hasta parte del material de trabajo. Todos conocemos casos y anécdotas sobre esto, y los ejemplos son infinitos, sobre todo entre los autónomos que trabajan en casa.

Tan grave es el problema, y tan amplio, que tanto Estados como multinacionales han decidido convertirlo en un filón.

Por ejemplo, el método actual para reclamar la doble imposición de dividendos.

Compras acciones en EEUU. Te retienen allí una parte de los dividendos y te retienen otra parte aquí. Hay un convenio de doble imposición para evitarlo. Hasta hace unos años, te deducías aquí la parte ya pagada en los EEUU y nuestro Gobierno hacía cuentas con la gente de Washington. Todo más o menos normal.

Ahora, las cuentas te las haces tú. Rellenas tú las impresos y los presentas, por correo, o como quieras a la administración norteamericana. ¿Cual es la intención? que la complicación sea tan grande que prefieras perder el dinero. Sobre todo si eres un pequeño inversor, o uno pequeño ahorrador, porque los grandes tienen quién les haga esas gestiones.

¿Otro ejemplo? El IVA internacional que giran las compañías de viajes como Booking, Homeaway, etc. Si tienes un establecimiento y quieres desgravarte sus comisiones, suerte con el papeleo del IVA intracomunitario, los impresos aparte

, etc. Pero sólo si eres un abuelete de pueblo y tienes una casa rural en casa Cristo. Las cadenas hoteleras ya lo tienen previsto.

La idea es clara: para pagar, todo es sencillo, pero para desgravarse algo, te reconocen el derecho y te dejan ante la montaña de papeles.

Para que desistas.

Y eso, curiosamente, no aparece como presión fiscal. Aunque lo es.

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