272Hoy, para seguir con las anécdotas que empezamos el otro dái con el caso de las servilletas, les quiero contar cómo un sólo inspector de Hacienda, y casi por deporte, acabó con una buena parte del fraude fiscal en los talleres de reparaciones del que hablábamos en el artículo anterior.

Sucedi√≥ a finales de los a√Īos ochenta y estoy convencido de que fue una especie de desplante del inspector, proque estaba a punto de jubilarse y creo que quer√≠a demostrarles a algunos que si no se les pillaba era porque nadie se tomaba la molestia de mirar.

Como ya se dijo, el fraude de los talleres es muy difícil de perseguir, proque al cliente no le interesa que le cobren el IVA y al taller no le interesa darla,  para no pagar el impuesto sobre beneficios, máxime cuando algunas piezas las puede conseguir, sin IVA, en un desguace.

Pero a este inspector le sali√≥ una cosa de ojo: cuando hab√≠a un golpe en la calle, estaban casi siempre implicados dos veh√≠culos. Uno de ellos ten√≠a raz√≥n y el otro no, resultando culpable del topetazo. Por tanto, en la mayor√≠a de los peque√Īos accidentes, hab√≠a dos coches que reparar. Uno lo pagaba el seguro, y el otro no. La reparaci√≥n que pagaba el seguro aparec√≠a casi siempre bien facturada, con su IVA correspondiente, proque en caso de no existir esa factura la compa√Ī√≠a se negar√¨a a hacerla efectiva. Hata ah√≠, todo correcto.

El truco de nuestro hombre consistió en solictar los partes de accidente de las facturas que estaban correctas, de modo que recababa la matrícula del otro coche, del que había sido considerado culpable y, por tanto, tenía que pagar su propia reparación. ¡Y maravilla! La reparación de ese coche casi nunca aparecía por ninguna parte. Los coches culpables se arreglaban solos.

El procedimiento a partir de ahí, era sencillo: Hacienda se ponía en contacto con el propietario de ese vehículo y le preguntaba dónde había reaparado su coche. La gente, seguramente, podría haber callado, pero casie nadie calló, por la cuenta que le traía. Y así cayeron con todo el equipo más de treinta talleres en un mes de trabajo del inspector, que acto seguido, se jubiló dejando a todos los talleres de la ciudad con la imnpresión de que era mejor facturar con IVA, quisiera o no quisera el cliente.

Supongo que a estas alturas ya se habr√° pasado el miedo y¬†muchos talleres habr√°n vuelto a las andadas, proque ya no quedan muchos inspectores como aquel, con ganas de hacer su trabajo, aunque s√≥lo fuese porque estaba harto de que le tomasen el pelo durante a√Īos.

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