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No estamos en fechas de cabrearnos, así que propongo un ejercicio fiscal un poco diferente, aunque ya sé que no es nuevo.

Como sabéis, algunas comunidades autónomas bonifican casi al 100% el impuesto de sucesiones cuando la relación de parentesco es en primer grado, y cambian el tipo de gravamen dependiendo no sólo de la cantidad que se hereda, sino también del grado de consanguineidad y algunas incluso de convivencia.

Además de reírnos un rato, pretendo ilustrar con este problema la ausencia total de seguridad jurídica que padecemos en España con el tema impositivo, y la competencia, no siempre leal, que a nivel fiscal se hacen unas comunidades autónomas a otras a fin de atraer a las grandes fortunas, que es al fin y al cabo lo que les interesa. Aquello de que los españoles somos iguales ante la ley es pura broma. Como lo que sigue:

“La vida da muchas vueltas y el amor es ciego. Por cosas del trabajo me fui de casa, y después de un tiempo me casé con la dueña de la pensión donde vivía. Una viuda de muy buen ver. Tenía una hija de unos veinte años, pero aunque lo intenté con ella no hubo manera de que nos entendiésemos, porque era un poco mandona.

Mi padre, por supuesto, vino a nuestra boda, y él, no sé si por tomarme el pelo o por qué, decidió declararse a la hija de mi mujer. ¡Y maldita sea, que lo consiguió! A mi padre no le molestaron nunca las mujeres mandonas, seguramente porque no les hacía ni caso, o porque no hay ninguna más mandona que él, y se acabó casando con ella.

De esta manera, ¡oh cielos!, mi padre se convirtió en mi yerno, y mi hijastra se convirtió en mi madrastra. El años siguiente mi mujer tuvo un hijo, que se convirtió en el hermano de mi padre y también, por lo tanto,  en mi tío. La mujer de mi padre, mi hija, también tuvo un hijo, una niña en este caso, y de este modo tuve una hermana y al mismo tiempo una nieta, lo que nos lleva a que mi mujer es mi abuela, ya que es la madre de mi madre. Con todo este lío, resulta que ahora mismo soy el marido de mi mujer y al mismo tiempo su nieto; o dicho más simplemente: soy mi propio abuelo. Perdónenme por tanto si les dijo que soy un tío estupendo y no van a encontrar otro mejor que yo… “.

Preguntas:

-Si muere mi hijo, ¿quién hereda y cuanto?

-¿Y si muere mi padre?

-¿Y si fallece mi mujer?

-¿Y si nos vamos a vivir a Navarra, qué cambia?

-¿Y si estamos en Cataluña?

Y una última, ya de cachondeo absoluto: teniendo en cuenta las viejas normas contra la endogamia, ¿podrían casarse mi hijo y la hija de mi padre sin pedir dispensa?

En fin… ¡País!, que diría Forges…

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