Parece transparente, pero distorsiona...

El dato es antiguo y todos suponemos que estos años se ha incrementado, pero varios comisarios europeos de fiscalidad y unión aduanera han llamado la atención sobre el volumen del fraude fiscal en Europa. En total, según sus cálculos (lo publicó en su día Lászlo Kóvacs) el fraude fiscal suma en Europa 250.000 millones de euros anuales. Lo habéis leído bien: un cuarto de billón de euros.

Semejante cantidad bastaría para rescatar Grecia, Irlanda y Portugal juntos, y posiblemente quedase dinero para otras cosas, y todo con el importe de un año.

Lo que pasa no es sólo que los gobiernos no se atrevan a meter mano a este problema, sino que siguen sin creerse el cuento ese de que somos una sola economía y unos estados ayudan a que se defraude en otros, como en los maravillosos casos de los paraísos fiscales británicos tipo Gibraltar, o los paraísos fiscales dependientes de Francia, Holanda, etcétera.

Mientras se siga con esa política de dar refugio a los ladrones mientras roben fuera, la Unión Europea no será tal, sino más bien algo parecido a una banda tipo Ali-Babá, donde las cuentas de los Estados siguen pro encima del interés común generando un río revuelto donde siempre se lucran los mismos pescadores.

Europa sólo puede exigir unas cuentas saneadas y una normativa común cuando los impuestos sean también comunes en todos los territorios de la Unión. Mientras salga rentable fabricar el motor en Irlanda, montar el coche en España y diseñar la electricidad en Alemania, seremos un puzzle de intereses donde el más honrado es el que más pierde, y el más chorizo el que obtiene una mayor ventaja competitiva.

Y son 250.000 millones de euros al año. Algo más que el chocolate del loro.

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