Los bancos de los que me fío...

Yo lo veo claro: el origen más profundo de todos los males económicos y sociales que padecemos reside en que hay un enfrentamiento entre el poder económico y el poder político. Ese enfrentamiento existió siempre, pero actualmente el poder político tiene todas las de perder, pues el poder económico es global mientras el poder político es local.

No se trata de que el dinero haya comprado a los políticos o que todos sean corruptos. No se trata de ninguna conspiración para esclavizar a la gente de a pie. Si fuera así tendría algún remedio, peor es todavía peor:

El dinero puede moverse en todas direcciones y a la velocidad de un click en un ordenador. Si se promulga una ley que le perjudique, cambia su base de operaciones a un lugar donde esa ley no entre en vigor. Quien suba impuestos sabe que inmediatamente verá a los capitales huir hacia donde no se han subido. Quien imponga condiciones, de cualquier tipo, sabe que el dinero se irá sin dudarlo a donde esas restricciones no tengan vigencia.

Aun en la hipótesis, un poco ingenua, de que los políticos buscasen lo mejor para sus ciudadanos, tendrían que enfrentarse a esa desventaja: el dinero es mucho más ágil que el pode político y puede saltar fronteras. La democracia impone procedimientos y plazos; la transferencia bancaria, no. El dinero de un banco o de un fondo de pensiones puede pasar en un minuto de un territorio a otro; tu voto y el mío, no pueden.

Así las cosas, la guerra está perdida. Se puede imponer una Tasa Tobin para gravar o dificultar las transferencias de capitales, pero no se puede impedir que el dinero sea más ágil y llegue más lejos que nuestra capacidad de influir en el Gobierno, o lo que es lo mismo, que nuestra soberanía como ciudadanos.

El poder global del dinero sólo se puede contrarrestar con un poder igualmente global de los ciudadanos, y eso, hoy por hoy, se me antoja imposible. En lugar de acordar normas comunes, las distintas naciones siguen compitiendo entre ellas para atraer los capitales, la inversión y por ende el empleo. En lugar de crear estructuras supranacionales cada vez más grandes, surgen a cada momento nuevos idiotas empeñados en convertir a su pueblo en nación y a su barrio en provincia, sin ver que eso es lo más aniquilador que se pueda imaginar para el poder de las personas y lo mejor que pueden soñar los que controlan el capital.

La soberanía emana del pueblo, sí, pero el pueblo está encerrado en unas fronteras y en unas leyes. El capital es libre y golpea a cualquier distancia.

Esto es un combate entre un boxeador y un pistolero. El día que se permitió la libre circulación de capitales manteniendio la fragmentación de las leyes en soberanías nacionales, ese día, fue el que nos echaron a los leones.

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