En este nuevo mundo que nos ha tocado vivir aparecen de vez en cuando historias que nos obligan a reflexionar sobre el papel de lo que somos, lo que simulamos ser, la gente con la que nos relacionamos y la verdadera importancia de nuestra privacidad.

La historia, que posiblemente circule pro ahí, aunque a mí me la contaron personalmente, es la siguiente:

Un pequeño empresario norteamericano pidió un préstamo de unos cien mil dólares para ampliar un taller de reparación de motocicletas. El negocio le iba bien, los ingresos demostrables eran buenos y su solvencia era inmejorable, pero una entidad financiera tras otra rechazaban su solicitud cuando a otros empresarios en peor situación que la suya le concedían el dinero sin problemas ¿Qué diablos estaba pasando?

Entonces, ya bastante más que un poco mosqueado, pidió el dinero a una de esas empresas en las que el tipo de interés es un poco más elevado pero tienen menos miramientos, y recibió una carta en la que se le decía que se rechazaba su solicitud porque al menos ocho de sus amigos de Facebook eran morosos, y que si en su ámbito social era aceptable no pagar las deudas, eso lo convertía en una persona de riesgo.

¿Y quienes eran aquellos amigos? Moteros en general, clientes de su taller, amigos de la infancia, gente que había pasado por la crisis industrial de Minnesota…

Fue inútil explicar nada. Su perfil de Facebook era público, y las financieras privadas prestan el dinero si quieren, y si no, no lo prestan. Además, las circunstancias sociales del solicitante se han tenido en cuenta desde siempre para calificar su perfil, y no había nada de raro en que, en los nuevos tiempos, ese entorno social incluyese a los amigos de Facebook.

No hubo ampliación de taller.

Tenedlo en cuenta y pensad si de veras necesitáis ese perfil, lleno de gente a la que añadimos porque sí y de la que en realidad no sabemos casi nada.

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