A veces surgen dificultades...              Las circunstancias importan, por supuesto, pero la optimización de decisiones financieras en un mundo tan cambiante como el nuestro es lo que marca la diferencia entre el éxito y marcharse a hacer puñetas, en columna de a dos y con banda de música. En ese sentido, y ya lo hemos mencionado alguna vez, uno de los temas más delicados es el de los créditos rápidos.

Lo primero, en estos casos, es hablar claro: si tienes una urgencia tremenda en pedir un crédito es que algo no ha ido bien. Puede tratarse de una emergencia pasajera, o de un mal acoplamiento de la liquidez (que los pagos no se verifican a la vez que los cobros) o de que realmente los ingresos no alcanzan para cubrir los gastos.  Salvo en el último caso, en el que ya se trata de tener fe más que otra cosa, la solución de acudir a la financiación externa puede ser un buen remedio y sacar a la persona o la empresa que lo requiera de una situación delicada.

Por lo tanto, a la hora de acercarse a la web o la ventanilla donde comercialicen este producto financiero, hay que saber muy bien en qué tesitura nos encontramos. Si de lo que se trata es de aprovechar una ocasión muy puntual, o lo que se suele llamar una ventana de oportunidad, entonces adelante: los actuales sistemas electrónicos de evaluación hacen que el proceso sea ágil y simple, con la inmensa mayoría de los pasos online y sin que la disponibilidad de dinero se demore más de lo conveniente.

Pero si lo que se busca es un alivio pasajero de las deudas hay que tener muy en cuenta cuales van a ser los flujos futuros de caja, porque un crédito rápido es eso precisamente: rápido, pero no barato.

Algunas familias,  agobiadas por algún suceso inesperado, tienen la necesidad de reducir las cuotas de sus préstamos, ya sean hipotecarios, de automóviles o tarjetas de crédito, a la espera de que las circunstancias mejoren. Y ese es el concepto clave: el tiempo. Si de lo que se trata es de ganar tiempo, o de impedir que el tiempo genere un daño, el crédito rápido es una magnífica opción, pero si lo que estamos haciendo es cruzar los dedos a ver si hay un poco de suerte, entonces es muy probable que los costes de ese crédito agraven la carga financiera.

Si, por el contrario, es el tiempo el que puede causar el mayor daño, como en el caso de una deuda tributaria con los consiguientes y abusivos recargos e intereses de demora, amenazas de sanción, inspecciones, etc, no hay que dudarlo ni in instante: es mejor enfrentarse a los intereses de un crédito rápido que a ese doble rasero de Hacienda que te golpea sin piedad cuando te retrasas un día y te sonríe con cara de conejo de la suerte cuando son ellos los que se retrasan seis meses en ingresarte  tu devolución de IRPF.

Ley del Embudo, se llama, pero de eso ya hablaremos otro día.

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