Acto previo al Impuesto de Sucesiones

Ya lo sé: el hecho imponible del impuesto de sucesiones no es morirse, sino recibir la herencia. Pero para el caso, lo mismo da. Estamos ante un vulgar tecnicismo, porque el hecho originario es la muerte.

Ahora que el tema vuelve a ser objeto de debate después de que el gobierno autonómico catalán suprimiese el contestado impuesto de sucesiones, se han alzado muchas voces diciendo que este acto perjudica la redistribución y es profundamente insolidario.

Por una parte, estoy de acuerdo:  perjudica la redistribución. Pero hay que decirlo claro: vale, ¿y qué? A mí me tiene que explicar todavía alguien pro qué la redistribución es un bien en sí misma, cuando lo que es un bien es la justicia. Y la justicia, nos guste o no, lleva a veces a que el pobre siga siendo pobre, porque nunca ha hecho nada pro salir de esa pobreza, y que el rico siga siendo rico, porque ha empleado esa riqueza para crear más. Un poco como la parábola de los talentos, si me permitís la alusión religiosa.

Lo que nadie parece tener claro es que cuando el propietario de unos bienes se muere, alguien los tiene que heredar. O los hereda su familia, o los hereda el Estado. Cuando el impuesto de sucesiones es alto, o sea, hereda el Estado, la gente se desespera de seguir produciendo, porque a partir de una cantidad de riqueza no vale la pena seguir trabajando si no es para las personas que quieres. ¿Por qué iba a trabajar un tío con dos millones de euros en el banco si no pudiese dejar el capital a su familia?, ¿qué incentivo tendría para no cerrar la empresa, poner a todo el mundo en la calle y meter el bulldozer en la nave?

Eso es precisamente lo que hay que evitar desde el punto de vista sociológico, y no tanto el mal menor de la permanencia del capital en manos de quien no lo ha ganado. Porque podéis estar seguros de algo: si el heredero es un zoquete, y todos conocemos casos a mansalva, no tardará en perder ese dinero y la cosa volverá a su curso natural.

pero si al que crea la riqueza no se le permite dejarla a sus familiares, entonces lo que estamos haciendo es marginar a ese grupo ya de por sí muy castigado: el de los emprendedores. Y no podemos permitirnos tal cosa si queremos que alguien cree, emprenda, contrate y produzca.

La inquina cainita de ver cómo otro tiene algo que no le ha costado esfuerzo no es más que un reflejo de la impotencia creadora del que la siente. De él, de su padre, de su abuelo, y de toda una estirpe incapaz, por unas razones u otras, de dejar nada a los suyos.

Y es que seamos serios, hay algo más: nos gusta el individualismo y pensar que nosotros somos nosotros mismos, pero ni venimos solos al mundo, ni el mundo hace borrón y cuenta nueva cada cierto tiempo. En los hombres y en las naciones, la miseria y la riqueza se acumulan a lo largo de los años, los siglos y las eras. Y algunos creen, o creemos, que así es como realmente funciona la justicia a largo plazo. Aunque a veces nos jorobe por lo personal.

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