Hipocresía...

Una de las desigualdades más clamorosas de nuestro sistema fiscal, y del de muchos de los países de nuestro entorno, es el distinto tratamiento de los ingresos derivados del trabajo y los derivados de la actividad empresarial.

Últimamente está de moda el cainismo de señalar con el dedo a quien gana más de cierta cantidad, porque por algún extraño motivo parece que lo elegante es ser pobre o mileurista, peor lo cierto es que este desfase entre el Impuesto sobre la Renta y el Impuesto de Sociedades es una fuente constante de fricciones y de fraude.

Si un profesional, pro la razón que sea, gana sesenta mil euros al año, lo que tampoco es tanto ganar para ciertas profesiones difíciles y bien remuneradas, se encuentra con que tiene que pagar a Hacienda un 48 % de sus ingresos, lo que hace que deje de ser rentable un esfuerzo suplementario. En cambio, una empresa, sea cual sea su facturación y sea cual sea su beneficio, nunca paga más allá del 30%.

Aparte de la evidente injusticia, esto tiene varias consecuencias, tanto de orden filosófico como de orden económico. Empezamos con las filosóficas, o políticas, o como queráis llamarles.

En primer lugar, semejante sistema deja ver claramente que el legislador que creó semejante norma, pretendía proteger al capital y penalizar el talento.

En segundo lugar, es obvio que el tratamiento al capital es sensiblemente más suave que el tratamiento que se da al trabajo.

Luego, desde le punto de vista económico, estamos ante una disparidad fiscal que desincentiva la creatividad, penaliza la excelencia y da a entender que cuando llegues a un cierto tope, que emprendan, estudien e inventen otros.

Por último, y ateniéndome al tema de este blog, nos encontramos con que el trato desigual entre rentas empresariales y rentas del trabajo es una fuente de fraude, pues empuja a muchos profesionales a crear empresas ficticias interpuestas que instrumentalicen su actividad profesional. Así, si en vez de ser abogado, eres empleado de un bufete que es una sociedad, pagas sólo el 30 %, pasas a ser empleado pro cuenta ajena (con todos los derechos de los que carecen los autónomos) y puedes meter a gastos todo lo que de ningún modo podrías desgravarte siendo profesional liberal.

Porque esa es otra, y la principal: que las empresas pagan por la diferencia entre ingresos y gastos, y casi todo es justificable como gasto en la empresa.  Pero que pruebe un particular a meter a gasto la factura del teléfono móvil…

Así las cosas, mientras la desigualdad de trato persista, seguirán aumentando las bolsas de fraude, las empresas fantasmas y las facturas de gastos extraños. Y todo por no reflexionar sobre un tratamiento claramente injusto.

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