Volveré.

En este país siempre hemos tenido cierta inclinación por las historias un poco tremendas en las que el ladrón de gallinas las roba por necesidad, con tres hijos pequeños en casa y una esposa inválida. En el fondo, no es más que un reflejo de nuestro gusto colectivo por ponernos de parte del ladrón, el mismo gusto que dio lugar a mitos de bandoleros en vez de mitos de investigadores, músicos o incluso poetas.

Sin embargo, y n el tema del que nos ocupamos en este blog, hay un caso, cada vez más frecuente, en el que el fraude fiscal se convierte en una necesidad imperiosa, casi de supervivencia: los impuestos de las facturas no pagadas, y muy especialmente el IVA.

Porque una pequeña empresa, pongamos un autónomo, está obligado a ingresar a Hacienda el IVA de las facturas que emite incluso en el caso de que esta factura no haya sido cobrada. Después, pasados varios meses, y reclamada la factura por procedimiento judicial, o declarada la quiebra del deudor, se puede solicitar la compensación de ese IVA. Pero el daño ya está hecho: el autónomo o pequeño empresario no tienen músculo financiero para asumir ese anticipo, y menos en una época en la que los bancos han extrangulado el crédito.

Así, cuando se presta un servicio o se vende una mercancía, si resulta que el cliente no paga, el autónomo so sólo pierde el coste, sino que pierde también, de su flaco bolsillo, el IVA que Hacienda le exige sin contemplaciones, ni esperas, ni excusas que valgan. El Estado dice defender la seguridad jurídica, pero no es capaz de hacer pagar al deudor ni tampoco de esperar a cobrar lo suyo. El Estado, por tanto, entiendo yo que en estos casos se comporta como un matón, o como un mafioso. Y como un mafioso de los malos, que te cobra el estipendio pero ni siquiera te “protege” el negocio.

Cuando suceden estas cosas, el autónomo acaba pensando que en lugar de pagar a Hacienda preferiría pagarle a Tony Soprano, porque le partiría la cara si no pagase (como Hacienda), pero obligaría a su deudor a que cumpliese sus compromisos (lo que Hacienda no hace).

Así las cosas, la solución, la triste solución está clara: no facturar, trabajar en negro, y cuando el trabajo se cobre y sólo entonces, anotar en contabilidad la factura correspondiente, que mientras tanto se ha entregado pero no se ha contabilizado.

Una marranada lamentable, pero para mucho imprescindible si quieren evitar el cierre.

Lamentable.

Una película para saber qué hacer con los que no pagan.

Una canción para los que no pagan.

Un libro para saber qué hacer con los que no pagan.

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